Educación inicial: elemento clave en el desarrollo de la personalidad del niño y la niña de 3 a 6 años

 

Early childhood education: a key element in the personality development of

children aged 3 to 6 years

 

https://doi.org/10.47606/ACVEN/PH0390  

 

 

Yngri Yelitza Hidalgo Fernández1*
https://orcid.org/0009
-0009-8650-4907n
yngrihidalgo2019@gmail.com 

 

 

Recibido: 11/05/2025                                                 Aceptado: 21/07/2025

 

RESUMEN

La presente investigación, de tipo documental y con un diseño monográfico, tiene como propósito analizar el papel esencial de la educación inicial en el desarrollo integral de la personalidad de los niños y niñas entre 3 y 6 años de edad. Se parte del reconocimiento de esta etapa como un periodo crítico y altamente sensible en la formación de las bases afectivas, sociales y cognitivas que configuran la identidad personal. A través de una revisión exhaustiva y crítica de fuentes teóricas y estudios especializados, se examinan los aportes de la educación temprana en la construcción de la autoestima, la adquisición de la autonomía, el desarrollo de la autorregulación emocional y la consolidación de habilidades de socialización. Asimismo, se discuten los enfoques pedagógicos y psicológicos que sustentan la importancia de una intervención educativa oportuna y afectiva, destacando la influencia del entorno familiar y escolar como agentes corresponsables en la formación del carácter y la adaptación social del niño. El estudio concluye que la educación inicial, cuando se orienta desde una perspectiva integral, inclusiva y humanista, constituye un pilar determinante para el desarrollo armónico de la personalidad infantil, promoviendo no solo competencias cognitivas, sino también valores, actitudes y emociones positivas que favorecen el bienestar psicosocial y el aprendizaje a lo largo de la vida.

 

Palabras clave: Educación inicial, personalidad, desarrollo infantil, primera infancia, socialización

___________

1. Universidad Pedagógica Experimental Libertador (UPEL- MACARO)

           Autor de correspondencia: yngrihidalgo2019@gmail.com 

 

 

ABSTRACT

 

This documentary research, based on a monographic design, aims to analyze the essential role of early childhood education in the integral development of personality in children aged 3 to 6 years. It begins with the recognition of this stage as a critical and highly sensitive period for establishing the affective, social, and cognitive foundations that shape personal identity. Through an exhaustive and critical review of theoretical sources and specialized studies, the research examines the contributions of early education to the construction of self-esteem, the acquisition of autonomy, the development of emotional self-regulation, and the strengthening of socialization skills. In addition, the study discusses pedagogical and psychological approaches that support the importance of timely and affective educational intervention, highlighting the influence of both family and school environments as co-responsible agents in the formation of character and social adaptation in children. The study concludes that early childhood education, when guided by an integral, inclusive, and humanistic perspective, represents a decisive foundation for the harmonious development of children’s personality, fostering not only cognitive competencies but also positive values, attitudes, and emotions that promote psychosocial well-being and lifelong learning.

 

Keywords: Early childhood education, personality, child development, early childhood, socialization

 

INTRODUCCIÓN

La educación inicial representa una etapa determinante en la formación integral del ser humano, pues constituye el primer eslabón del sistema educativo formal y sienta las bases del desarrollo personal, afectivo, social y cognitivo. Particularmente entre los 3 y los 6 años, los niños y niñas atraviesan un periodo de alta sensibilidad en el que se configuran los primeros rasgos de la personalidad, se afianza la identidad individual y se construyen las bases de la autoestima, la autonomía, la empatía y la regulación emocional. En este sentido, la educación inicial no debe concebirse solo como un proceso de preparación para la escolaridad futura, sino como una experiencia vital que incide directamente en el bienestar y el desarrollo de competencias personales fundamentales.

  En las últimas décadas, los aportes de la psicología evolutiva, la neurociencia, la pedagogía y la sociología han coincidido en resaltar la importancia de los contextos educativos tempranos en la estructuración de la personalidad infantil. Diversos estudios señalan que las experiencias vividas en los primeros años de vida, especialmente en entornos educativos estimulantes, afectivos y estructurados, contribuyen de manera significativa al desarrollo del autoconcepto, la internalización de normas sociales, la formación del juicio moral y la construcción de vínculos afectivos saludables (Papalia, Wendkos & Duskin, 2009; Bronfenbrenner, 1987).

Sin embargo, pese al creciente reconocimiento de su importancia, la educación inicial continúa enfrentando retos estructurales y conceptuales: desvalorización institucional, limitada formación docente especializada, escasa integración curricular de enfoques del desarrollo humano y reducida articulación con las políticas de protección integral de la infancia. Frente a este panorama, se hace necesario reivindicar el papel estratégico de esta etapa como eje formador de la personalidad y fomentar prácticas pedagógicas que reconozcan al niño como sujeto activo, único y en pleno desarrollo.

Bajo esta premisa, el presente artículo tiene como propósito analizar desde una perspectiva documental el papel de la educación inicial en el desarrollo de la personalidad del niño y la niña entre los 3 y los 6 años. La investigación parte del enfoque teórico del desarrollo integral, articulado con perspectivas psicopedagógicas clásicas y contemporáneas, para argumentar la necesidad de comprender la educación inicial como un derecho humano, una herramienta para la equidad y un espacio de desarrollo personal temprano. El artículo se organiza en cinco apartados: en primer lugar, se exponen los fundamentos teóricos sobre personalidad y desarrollo infantil; luego, se analiza el rol de la educación inicial en este proceso; posteriormente, se describe la metodología empleada; más adelante, se presentan los hallazgos derivados del análisis documental; y finalmente, se esbozan conclusiones y recomendaciones orientadas al fortalecimiento del enfoque humanista en los programas de atención educativa temprana.

 

MARCO TEÓRICO

 

Fundamentos del desarrollo de la personalidad infantil

La personalidad se comprende como la organización dinámica de los sistemas cognitivos, emocionales, motivacionales y conductuales que configuran el modo relativamente estable de actuar y relacionarse con el entorno. En el ámbito infantil, esta estructura no se halla consolidada, sino en constante construcción, a partir de las experiencias relacionales, el entorno sociocultural y los mecanismos internos de regulación emocional. Autores como Allport (1970) y Erikson (1968) sostienen que la personalidad no es un rasgo innato y fijo, sino un proceso que evoluciona en interacción con el ambiente y las etapas del desarrollo psicosocial.

Durante los primeros seis años de vida, y en especial entre los tres y los seis, el niño o la niña comienza a definir aspectos centrales de su identidad: el sentido del yo, la conciencia moral, la diferenciación emocional y la relación con figuras de autoridad y pares. Erikson (1968), en su teoría del desarrollo psicosocial, ubica esta etapa en el conflicto autonomía versus vergüenza (2 a 4 años) y la iniciativa versus culpa (4 a 6 años), donde la resolución positiva depende en gran medida del tipo de acompañamiento educativo y afectivo recibido. Por tanto, es en este periodo donde se fundan las bases de la autoestima, la confianza en sí mismo y la motivación intrínseca.

Desde el enfoque sociocultural, Vygotsky (1978) plantea que el desarrollo de funciones psicológicas superiores como la autorregulación, la empatía o la interiorización de normas sociales ocurre mediante la interacción con adultos significativos y compañeros, en entornos culturalmente mediados. Este enfoque reafirma la necesidad de contextos educativos que faciliten la participación activa del niño, lo reconozcan como sujeto de derechos y promuevan su protagonismo en la construcción de significados.

 

La educación inicial como espacio potenciador del desarrollo personal

La educación inicial, concebida como un proceso pedagógico intencional dirigido a niños y niñas en su primera infancia, se configura como un entorno privilegiado para el desarrollo de la personalidad. Su carácter formativo integral se traduce en experiencias de aprendizaje significativas, rutinas estructuradas, vínculos afectivos seguros y oportunidades de exploración que favorecen el desarrollo armónico del niño en sus diversas dimensiones: afectiva, social, cognitiva, motriz y ética (UNESCO, 2010).

Las políticas internacionales de infancia han subrayado que el acceso a una educación inicial de calidad no solo mejora los logros escolares posteriores, sino que fortalece las competencias socioemocionales, reduce brechas de desarrollo y favorece trayectorias vitales más saludables. En este sentido, el Informe de Seguimiento de la Educación en el Mundo (UNESCO, 2021) destaca que los niños que acceden tempranamente a procesos educativos bien orientados presentan mayores niveles de autorregulación, confianza y capacidad para la resolución de conflictos interpersonales.

La educación inicial también representa un entorno fundamental para el desarrollo de habilidades blandas como la empatía, la perseverancia, la expresión emocional o la colaboración. Estas competencias, vinculadas a la dimensión personal de la formación, son modeladas a través de las interacciones con docentes sensibles, actividades lúdicas, proyectos de aula y dinámicas de convivencia escolar. Es por ello que Pianta et al. (2003) subrayan la importancia de la calidad de las relaciones en la educación temprana como predictor del ajuste emocional y social posterior.

En la misma línea, Bronfenbrenner (1987) advierte que el desarrollo personal es inseparable del contexto ecológico en el que ocurre. La familia, la escuela y la comunidad forman un entramado de influencias que deben estar coordinadas para garantizar un desarrollo coherente, ético y equilibrado de la personalidad infantil. De allí que la educación inicial, como parte del microsistema del niño, tiene la responsabilidad de promover ambientes enriquecidos, democráticos y afectivos que respalden su desarrollo personal.

 

Enfoques contemporáneos sobre educación emocional y personalidad  Recientes investigaciones han reforzado la necesidad de incluir la educación emocional como eje transversal en los programas de educación inicial. Bisquerra (2011) plantea que el desarrollo de la personalidad debe contemplar explícitamente la dimensión emocional, pues constituye la base de la identidad personal, la convivencia y el bienestar subjetivo. En efecto, cuando los niños aprenden a identificar, nombrar, regular y expresar sus emociones, adquieren herramientas esenciales para el manejo de la frustración, la empatía y la autonomía emocional.

De igual modo, la neurociencia ha evidenciado que durante la primera infancia ocurren procesos claves de neuroplasticidad que influyen directamente en la configuración de patrones conductuales y emocionales. Esto significa que los programas educativos tempranos deben incorporar estrategias de estimulación emocional, atención plena y aprendizaje socioemocional que fortalezcan la arquitectura cerebral del niño en etapas clave de maduración (Shonkoff & Phillips, 2000).

En resumen, el marco teórico presentado permite afirmar que la personalidad infantil se construye en un proceso progresivo, social y emocionalmente mediado, y que la educación inicial, cuando responde a un enfoque integral e inclusivo, ofrece un espacio formativo privilegiado para su desarrollo. Esta concepción sustentará el análisis de los hallazgos documentales de esta investigación.

 

Teoría psicosocial del desarrollo de Erik Erikson

Uno de los principales referentes que orientan el análisis del desarrollo de la personalidad en la infancia es la teoría psicosocial de Erikson (1968), quien plantea que el desarrollo humano ocurre en una secuencia de ocho etapas, cada una caracterizada por un conflicto que debe resolverse de manera saludable para continuar con un crecimiento equilibrado. En el tramo de edad comprendido entre los 3 y los 6 años, los niños y niñas transitan por dos etapas clave: autonomía vs. vergüenza y duda (2 a 4 años) e iniciativa vs. culpa (4 a 6 años). En ambas fases, el entorno educativo y la figura del adulto cumplen un papel determinante.

En la etapa de autonomía, los niños comienzan a experimentar independencia, explorar el entorno y tomar decisiones simples. Si esta exploración es reforzada positivamente por los educadores, se afianza un sentido de autoconfianza y control personal. Por el contrario, si se responde con excesivo control o desaprobación, puede surgir una sensación de vergüenza. En la siguiente etapa, la iniciativa, el niño actúa con mayor propósito, planifica juegos, asume roles y busca validar su capacidad. Un entorno educativo que promueva actividades lúdicas, ofrezca oportunidades de liderazgo y permita el ensayo libre de ideas fortalecerá la resolución saludable de esta etapa, favoreciendo el desarrollo de una personalidad segura, creativa y proactiva.

 

2. Enfoque sociocultural de Lev Vygotsky

Desde el paradigma del desarrollo sociocultural, Vygotsky (1978) afirma que el aprendizaje y el desarrollo son procesos mediados culturalmente que ocurren primero en el plano social (interpsicológico) y luego se internalizan (intrapsicológico). El concepto de zona de desarrollo próximo (ZDP) resulta especialmente útil para entender cómo el acompañamiento adulto potencia las capacidades emergentes del niño. En el contexto de la educación inicial, el docente no solo instruye, sino que media simbólicamente, orienta, dialoga, modela y acompaña los procesos de significación del niño, facilitando así la apropiación de herramientas psíquicas superiores como el lenguaje interno, la autorregulación emocional y la conciencia de sí.

El aula se convierte en un espacio de interacción culturalmente organizado donde se construyen sentidos, se negocian normas y se desarrollan capacidades sociales y personales. El diálogo, el juego compartido, la lectura en voz alta, las rutinas escolares y los proyectos grupales son formas concretas de mediación que permiten al niño construir su autoconcepto en relación con los otros.

 

3. Teoría del juego y del desarrollo cognitivo de Jean Piaget

Jean Piaget (1975) considera el juego como una manifestación natural del pensamiento infantil y como un medio fundamental para la asimilación de la realidad. En la etapa preoperacional (de 2 a 7 años), los niños utilizan el juego simbólico para representar experiencias, roles sociales, emociones y conflictos. A través de esta forma de juego, los infantes reproducen lo que observan, pero también lo transforman subjetivamente, lo que contribuye a la formación de su identidad, el desarrollo de la empatía y la comprensión del mundo social.

El juego no es solo entretenimiento: es una vía de expresión del yo, un espacio seguro para experimentar sin consecuencias reales, y un escenario donde se ensayan normas, relaciones de poder y sentimientos. La educación inicial que incorpora el juego como recurso estructurante —y no solo como actividad de descanso— potencia significativamente la configuración saludable de la personalidad, ya que permite al niño conocerse, validarse y aprender a convivir.

 

4. Teoría ecológica del desarrollo humano de Urie Bronfenbrenner

La teoría ecológica de Bronfenbrenner (1987) propone un modelo de desarrollo en el que la personalidad del niño se ve influida por una serie de sistemas interrelacionados: el microsistema (familia, escuela), el mesosistema (interacción entre entornos), el exosistema (instituciones sociales), el macrosistema (valores culturales) y el cronosistema (cambios a lo largo del tiempo). Esta perspectiva permite comprender que el desarrollo personal no depende exclusivamente de factores individuales, sino del modo en que los distintos entornos interactúan y ofrecen oportunidades de participación activa y reconocimiento.

En esta línea, la educación inicial se inserta como parte fundamental del microsistema del niño. La calidad de la interacción con sus educadores, el clima emocional del aula, la estabilidad de las rutinas y el respeto por la individualidad son factores que influyen directamente en el desarrollo afectivo, moral y social. Además, cuando la escuela establece una relación positiva con la familia y otras instituciones (mesosistema), se refuerzan las condiciones para un desarrollo de la personalidad más coherente y equilibrado.

 

5. Educación emocional y su vínculo con la personalidad

La personalidad integra no solo componentes cognitivos y conductuales, sino también emocionales. Desde la perspectiva de la educación emocional, autores como Bisquerra (2011) proponen que el desarrollo de una personalidad equilibrada depende en gran parte de la alfabetización emocional temprana. Enseñar a los niños a identificar, nombrar, expresar y autorregular sus emociones permite evitar bloqueos afectivos, promover el bienestar personal y social, y sentar bases sólidas para la construcción de una identidad positiva.

Las experiencias educativas que incluyen rutinas de diálogo emocional, reconocimiento del estado de ánimo, lectura de cuentos con carga afectiva, dramatizaciones y resolución pacífica de conflictos no solo desarrollan competencias emocionales, sino que también moldean actitudes y valores que configuran el estilo personal de relacionarse consigo mismo y con los demás.

 

METODOLOGÍA

La presente investigación se enmarca dentro del paradigma cualitativo, sustentado en una postura interpretativa del conocimiento que privilegia la comprensión de fenómenos sociales y educativos en su complejidad y profundidad. En este caso, se asume un enfoque de carácter documental, orientado al análisis crítico de fuentes teóricas y normativas sobre el papel de la educación inicial en el desarrollo de la personalidad infantil.

Se optó por una metodología de tipo monográfica, la cual permite organizar, describir, analizar y reflexionar en torno a una temática específica a partir de información proveniente de documentos científicos, institucionales y teóricos relevantes. Esta modalidad resulta pertinente para el estudio, ya que facilita la integración de perspectivas múltiples que convergen en el reconocimiento de la educación inicial como espacio formativo fundamental en la estructuración de rasgos de personalidad durante la primera infancia.

Para el desarrollo de la investigación se consultaron fuentes secundarias, tales como libros especializados, artículos científicos indexados, tesis académicas, informes de organismos internacionales (UNESCO, UNICEF, CEPAL) y marcos legales nacionales e internacionales sobre la protección y educación de la primera infancia. La búsqueda se realizó a través de bases de datos académicas como Dialnet, Scielo, Redalyc, Google Scholar y repositorios institucionales. Se establecieron criterios de pertinencia, actualidad (preferencia por publicaciones posteriores a 2010), y relevancia conceptual, priorizando autores reconocidos en los campos de la psicología del desarrollo, pedagogía infantil, educación emocional y políticas educativas.

La técnica empleada para el tratamiento de la información fue el análisis de contenido documental, que permitió identificar categorías conceptuales clave tales como: desarrollo de la personalidad, educación inicial, socialización, emocionalidad infantil y competencias personales. Esta técnica implicó una lectura hermenéutica y crítica de los textos seleccionados, con el fin de construir una visión interpretativa y fundamentada de los hallazgos. Posteriormente, se procedió a contrastar las ideas principales, identificar puntos de convergencia y elaborar una síntesis argumentativa coherente con el propósito del estudio.

Cabe destacar que no se utilizó ningún instrumento de recolección de datos de campo, ya que el diseño documental se basa exclusivamente en el tratamiento de fuentes teóricas. No obstante, se cuidó el rigor académico mediante el uso de un sistema de citación normado y la validación cruzada de la información recogida.

 

RESULTADOS 

Los hallazgos derivados del análisis documental permiten afirmar que la educación inicial constituye un pilar decisivo en la estructuración progresiva de la personalidad infantil durante la etapa comprendida entre los 3 y los 6 años. Esta afirmación se sustenta en el cruce de múltiples fuentes teóricas que coinciden en señalar la interdependencia entre los procesos educativos tempranos, el desarrollo emocional y la consolidación del yo infantil. De manera específica, se identificaron cinco dimensiones claves que dan cuenta de este impacto: el entorno educativo como espacio psicosocial, el rol del adulto mediador, el juego como práctica formativa, la alfabetización emocional y la socialización estructurada.

El entorno educativo como espacio de formación del yo. En esta etapa evolutiva, los niños construyen nociones básicas sobre sí mismos a partir de la interacción con su entorno más cercano. La escuela infantil —entendida como un segundo entorno de socialización posterior a la familia— cumple una función decisiva en este proceso, al ofrecer estabilidad, normas, afecto, reconocimiento y oportunidades de exploración. Como afirma Bronfenbrenner (1987), los microsistemas sociales influyen de manera directa en la formación de competencias socioafectivas, por lo cual una institución con ambientes predecibles, emocionalmente seguros y pedagógicamente estimulantes actúa como base del desarrollo equilibrado de la personalidad.

El adulto como mediador de la identidad y la autoestima. Otro hallazgo relevante es la importancia del adulto significativo como figura de sostén emocional y referente identitario. Las relaciones interpersonales que los niños establecen con sus docentes influyen en la percepción de sí mismos como sujetos competentes, valiosos y capaces. Erikson (1968) planteaba que el éxito en las etapas de autonomía e iniciativa está condicionado por la retroalimentación del entorno adulto. Las fuentes analizadas destacan que el acompañamiento docente debe caracterizarse por la empatía, el respeto por la singularidad del niño y el fomento de su independencia paulatina. El estilo de comunicación, las estrategias de manejo de conflictos y las oportunidades de participación son elementos determinantes en la construcción de un yo fuerte y autónomo.

El juego como práctica simbólica que moldea la personalidad. La revisión de literatura evidencia que el juego, en sus diversas formas, constituye una herramienta privilegiada para el desarrollo personal en la infancia. A través del juego libre, simbólico y colaborativo, los niños experimentan emociones, ensayan roles sociales, negocian significados y desarrollan competencias cognitivas y afectivas. Piaget (1975) y Vygotsky (1978) coinciden en que el juego es el medio natural mediante el cual el niño explora el mundo y se explora a sí mismo. Las guías pedagógicas revisadas (UNESCO, 2010; MINEDU, 2020) refuerzan la necesidad de promover ambientes lúdicos ricos en materiales, estímulos y posibilidades de interacción que permitan la expresión de la subjetividad y el fortalecimiento de la identidad.

La alfabetización emocional como base del equilibrio personal. Otro aspecto ampliamente documentado en las fuentes analizadas es el valor de la educación emocional como componente esencial de la formación de la personalidad. El aprendizaje de habilidades como la identificación de emociones, la autorregulación, la empatía y la expresión asertiva permite a los niños y niñas construir una base sólida para el manejo de su mundo interno y sus relaciones sociales. Bisquerra (2011) sostiene que el desarrollo emocional no puede considerarse un resultado espontáneo, sino que requiere una intervención educativa sistemática, especialmente en la primera infancia. Las experiencias tempranas que permiten al niño reconocer su tristeza, expresar su enfado de forma no violenta o calmarse ante la frustración son fundamentales en la construcción de una personalidad resiliente.

La socialización guiada como consolidación del yo en lo colectivo. Finalmente, se identificó que la interacción con pares en contextos educativos guiados favorece la interiorización de normas sociales, la práctica de la cooperación, el desarrollo de habilidades comunicativas y la construcción de una identidad social positiva. Estas interacciones no solo moldean el comportamiento, sino que también refuerzan el autoconcepto en relación con la pertenencia grupal. En este sentido, las dinámicas de grupo, los juegos cooperativos, las rutinas compartidas y la solución conjunta de problemas fortalecen la dimensión intersubjetiva de la personalidad, entendida como la capacidad de reconocerse en relación con los otros (Papalia et al., 2009).

En conclusión, el análisis documental revela que la educación inicial, cuando se orienta desde una visión integradora, afectiva y centrada en el niño, constituye una plataforma sólida para el desarrollo de la personalidad infantil. Sus aportes trascienden el ámbito cognitivo para instalarse en las raíces más profundas del ser: el autoconocimiento, la regulación emocional, la capacidad de vincularse y la construcción de una identidad singular y socialmente situada. Estos hallazgos validan la necesidad de fortalecer esta etapa formativa como una prioridad estratégica en las políticas educativas, en tanto inversión temprana en el desarrollo humano y social sostenible.

 

CONCLUSIONES

La presente investigación documental permitió comprender que la educación inicial representa mucho más que un período introductorio al sistema escolar: constituye una etapa decisiva en la estructuración de la personalidad del niño y la niña entre los 3 y los 6 años. Desde una perspectiva integral, se evidenció que esta fase formativa interviene directamente en la consolidación del autoconcepto, la regulación emocional, la socialización, la autonomía y la autoestima, todos ellos elementos centrales en el desarrollo de la personalidad.

Entre los aportes más relevantes se destaca el valor de los entornos educativos afectivos, estructurados y estimulantes como espacios de mediación pedagógica y emocional que favorecen la formación de una identidad positiva, segura y socialmente integrada. Así también, se reafirma el papel del adulto significativo —educador o cuidador— como agente clave en la construcción de vínculos que sostienen el desarrollo emocional y moral de los niños y niñas.

Del mismo modo, se concluye que el juego, la interacción con los pares, la resolución de conflictos y la vivencia de normas sociales en contextos escolares contribuyen activamente a la adquisición de competencias personales y sociales. El reconocimiento del niño como sujeto activo y el diseño curricular con enfoque emocional resultan esenciales para garantizar que la educación inicial cumpla su rol formador en toda su dimensión.

Como recomendaciones, se plantea la necesidad de fortalecer la formación docente en áreas como psicología del desarrollo, educación emocional y diseño de ambientes de aprendizaje significativos. Asimismo, se sugiere fomentar políticas públicas que prioricen la inversión en educación inicial como estrategia de desarrollo humano sostenible, inclusión social y construcción de ciudadanía desde la infancia.

Finalmente, se considera necesario continuar con investigaciones empíricas que permitan observar y evaluar con mayor profundidad el impacto de prácticas pedagógicas específicas en el desarrollo de la personalidad infantil. Esta línea de trabajo contribuirá al diseño de programas más contextualizados, pertinentes y sensibles a las necesidades reales de los niños y niñas en la primera infancia.

 

REFERENCIAS 

 

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